Hace rato he notado algo que no puedo dejar de comentar, mmm… haber como describirlo… Démosle no más ¡allá va!.
El otro día en mi hora de colación fui a comer un completo rápido en un local cercano a mi trabajo, aquel local no tiene la mejor comida y en realidad si lo pienso bien no me gustan mucho los completos, pero como en ese lugar pues la chica de la caja es una chonchita habladora que me dice siempre “hola mi niño” cuando le cancelo.
En otra ocasión caminando por el inquietante paseo Ahumada en el centro de Santiago mis, a veces prejuiciosos ojos, recayeron en un grupo de “flaites” que esperaban su turno para comprar las entradas a un partido de fútbol; mientras yo pensaba en lo ridículo que era hacer una fila de ese tamaño para ver weones pateando una pelota (tipico comentario de vieja culiá), uno de los “flaites”, ataviado de bling bling al cogote y un diamante cuadrado en la oreja, salió de la fila y camino directo hacia un ciego, lo tomó del brazo y le salvo de un duro golpe contra una banca. Mi percepción de aquel chico apitillado cambio drásticamente.
Demás está decir que esos pequeños gestos de cortesía me resultan increíblemente cautivantes, una sonrisa amistosa, una palabra amable y una ayuda desinteresada nunca me pasa desapercibida, nunca.
Ser cortés cuando el maltrato se ha normalizado incluso en el día a día con tus cercanos, puede ser un maravilloso gesto diario, que quizás, otros como yo admirarán.